Rómulo Gallegos, político cantaclaro. I Parte.

Caraqueño, pero con corazón oriental; político insigne, maestro, escritor, y demócrata.

Rómulo Gallegos es uno de los personajes más influyentes en la historia de Venezuela, pues su prominente carácter, no sólo de político, sino también de escritor, le ha ganado el privilegiado espacio que hoy goza en nuestra memoria.

Matices sobre una Venezuela y otra, desde los revolucionarios pensamientos del joven que se aventuró en La Alborada, hasta la conquista democrática en aquél histórico octubre. Rómulo, no sólo en su prominencia como escritor logró cambiar la política de Venezuela, pues también he de reconocer el hecho de que logró cambiar muchas vidas a través del arte, pues su capacidad como literato es sinónimo de excelencia y objeto de estudio en todo el mundo.

Hasta aquí todo bien, pero, ¿Quién era realmente Rómulo Gallegos?

Ya con cierta madurez política, habiendo sido parlamentario por varios años, miembro y presidente de Acción Democrática, en el año 1944 se decide postular para la cámara de diputados por la Parroquia Santa Rosalía, elección que perdió, siendo un duro golpe para él y para Andrés Eloy Blanco, que también salió derrotado… ante esta derrota, Miguel Otero Silva –otro gran personaje que merece ser recordado– escribió un artículo en “El Nacional” que repudia el suceso y no escatima tiempo para pedirle a Rómulo que se dedique completamente a su actividad como literato, argumentándole que su creación es grande e indispensable para la gloria de su Venezuela. Gallegos, como buen caballero, no tardó en responder, y es que un día después de la publicación del artículo, 27 de octubre, le envió una carta a Miguel Otero Silva, epístola de la que quiero compartir cierto fragmento:

“…he superado ya mi propensión a los enternecimientos fáciles y estoy liquidando de prisa mis equivocaciones sentimentales… Y para que no me quedasen dudas de la exactitud de ese conocimiento hoy vienes a soliviantarme la vanidad de escritor… contra la firmeza del hombre que comparte una actitud con leales compañeros, deslizándome al oído el perturbador halago de que mi nombre no puede pertenecer a un partido político porque pertenece a Venezuela entera, y más irrespetuosamente aún, tratando de sembrar en mi espíritu, porque me lo atribuyes menguado, la mezquina rivalidad y la ruin envidia contra mi leal compañero Rómulo Betancourt, ¿Pero a cuál Venezuela –debo preguntárselo– pertenece mi nombre? ¿A la que se abstiene a de votar en las elecciones, a la que no se considera obligada al deber ciudadano, elemental manera de ser nación que con orgullo puede ser llamada Patria, un conjunto permanente de hombres sobre una porción de tierra? ¿O a la que no tolera que alguien pueda ser osado a ejercitar oposición política contra el gobierno de turno?… Quédate con esa Miguel Otero; mi Venezuela es otra. La de Juan el Veguero y Santos Luzardo, para no mencionar sino personajes míos; no la de Pernalete y Mujiquita… Y basta ya de calificarme de genial escritor, máximo novelista, hombre continental, etcétera. Soy realmente un ciudadano venezolano que está dando una pelea, entre compañeros leales, por un ideal democrático, de altura ciudadana, en ejercicio de derechos evidentemente irrespetados…”.

La excelencia de Gallegos ponía firme oposición al establishment político de la época, y eso quedó demostrado en múltiples sesiones parlamentarias; de mis favoritas es su intervención en la Cámara de Diputados en la sesión del 2 de junio de 1937, debatiéndose las Garantías Constitucionales.

En este punto, y antes de citar, debo contextualizar al lector; en aquél momento la Constitución de la República, en su artículo 32 garantizaba “la libertad del pensamiento, manifestado de palabra, por escrito o por medio de la imprenta”, así como también “la libertad de trabajo y de las industrias”.

Para no echarles el cuento completo y resumir, las fuerzas represivas del Estado impidieron de manera “cuasi-violenta” la circulación del diario “La República”, situación que Felipe Rincón Troconis, presidente del mismo diario llevó a la Cámara de Diputados; propiciándose entonces un intenso debate sobre las Garantías Constitucionales, en el que Gallegos, con su gran carácter de demócrata, argumentó ante previas declaraciones de otro parlamentario que apoyaba en gran medida la ya mencionada acción represora:

“Los argumentos expuestos por el Diputado Hernández Gómez, me parecen poco sofísticos. Perdóneme él que los califique así. Se le ha llegado a escapar una frase que tengo que recoger. Me parece haberlo oído decir que es la fuerza de las espadas y las bayonetas lo que refrenda la ley. No. Es la autoridad moral del Poder Ejecutivo, la autoridad que le da su origen de elección popular. Las bayonetas y las espadas están para mantener el orden cuando éste sea perturbado, o para defender la nacionalidad; no para hacer cumplir las leyes de manera directa. En todo caso, la frase ha sido un poco fuerte, y creo que ya el Diputado Hernández Gómez se haya arrepentido de ella.”

El título de este artículo “Rómulo Gallegos, político cantaclaro” se debe a que sólo tiene por finalidad demostrar una pequeña faceta de su amplia vida, la de parlamentario, de carácter incimagesonmensurable de por sí, pero con muchos pequeños extractos que tienen amplia valoración.

No es preciso en este momento seguir ahondando en el personaje, y es por eso que he decidido que este artículo sea la primera parte de la recopilación documental –bastante amplia que he hecho de Gallegos–, además, así también me da tiempo de seguir empapándome en su andar literario y político; quizás próximamente hable de la revolución de octubre y de otros aspectos de su vida, pero pienso hacerlo no sólo con mis opiniones, sería bonito tener un compendio con la opinión de varios personajes… Recuerden, con memoria defenestramos al dictador, que más nadie no venga con cuento chino, es indudable la grandeza de Gallegos, tanto que me ha sido imposible sintetizarla en una sola parte.

También me gustaría hacer cierto contrapeso, y eso vendrá; pero paciencia y calma… Respiremos.

Espero que les haya gustado, si tienen alguna duda o quieren ayudarme a seguir construyendo esta historia, no duden en escribirme y compartir mis artículos, eso me caería muy bien.

Franklin Acuña Mendoza

 

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